Alfonso López - Sanz · hola@alfonsols.com

La libertad que nadie vende

La tendencia más común en el mundo del wellness es relacionar una mayor libertad con tener menos obligaciones. Cancela el plan, deja el trabajo, vacía la agenda, mantén las opciones abiertas. Es la libertad entendida como resta, la libertad "de" algo. El estoicismo tiene una definición distinta, menos cómoda: solo eres libre en la medida en que eres capaz de tener control sobre ti mismo. No sobre tu agenda. Sobre ti.

"Nadie es libre si no es dueño de sí mismo", decía Séneca. Siempre lo he entendido como un recordatorio para estar atento a mi propio temperamento y a mis propios deseos.

La libertad que se vende

Empecé a escribir sobre esto y la brecha entre las dos versiones de esa palabra apareció casi de inmediato. La versión de los anuncios de gimnasios y los folletos de retiros vende la libertad como ausencia: libertad de un trabajo que odias, de un horario que te tiene atrapado, de una lista de tareas que nunca se acaba. No es que esté mal, exactamente. Tener menos obligaciones sí que produce alivio. Pero es una libertad aplicada a tus circunstancias, no a ti. Y las circunstancias son, precisamente, algo sobre lo que no tienes verdadero control según los estoicos. Puedes cancelar todos los planes de tu agenda y seguir sin ser libre, si lo que dirige tu día es lo primero que te apetece hacer en los próximos cinco minutos.

El minimalismo a veces se vende de la misma manera: menos cosas, menos compromisos, como si el vacío en sí mismo fuera el objetivo. No creo que lo sea. Lo importante de despejar espacio no es el espacio vacío en sí, sino lo que decidas hacer con él. Una tarde libre no es libertad. Cuando decides que hacer con esa tarde libre es donde comienzas a ejercer tu libertad.

La versión que cuesta más aceptar

Séneca no estaba hablando de tu agenda. A él lo había exiliado un emperador, y años después, pese a ser el consejero de mayor confianza de otro, ese mismo le ordenó quitarse la vida. Sabía de primera mano lo poco que puede controlar una persona sobre sus propias circunstancias —posición e influencia imperial incluidas— y aun así llegó a la conclusión de que el dominio de uno mismo es toda la libertad que existe, porque es lo único que sobrevive cuando todo lo demás te lo han quitado. Nadie puede liberarte desde fuera. Y en realidad, tampoco nadie puede encerrarte desde fuera: no a la parte de ti que decide.

Es una idea fácil de decir. Es mucho más difícil de poner a prueba, porque no se pone a prueba en los grandes momentos. La libertad de nadie se decide por si sería capaz de resistir a un tirano. Se decide cada noche, en decisiones demasiado pequeñas como para sentir siquiera que son decisiones.

Dónde realmente lo noto

Casi todos los días sé exactamente lo que necesita una buena cena: algo que haya cocinado yo mismo, verdura, proteína y, para beber, agua y nada más. Casi todos los días, ese plato suena hipotético al lado de la versión en la que la cena es lo más rápido que haya a mano y con un par de cervezas, porque para entonces decidir cualquier otra cosa parece demasiado esfuerzo. Pero la decisión no se toma realmente a la hora de cenar. Se toma antes: en esos dos segundos en los que o voy a la cocina o cojo el móvil para pedir algo en su lugar. Ahí está toda la partida. Nunca fue realmente cuestión de la verdura.

La versión de mí que pide comida se siente libre en ese momento —sin cortar nada, sin cocinar, sin esfuerzo, solo comida que llega veinte minutos después—. Pero esa versión no eligió nada. La eligió un impulso que llegó antes que él. Eso es justo lo que Séneca llamaría esclavitud, esta palabra parece excesiva para algo tan pequeño como decidir qué cenar, pero estas pequeñas decisiones, sostenidas en el tiempo, crean una gran diferencia. La verdadera prueba es si eres dueño de ti mismo un martes cualquiera, cuando no hay nada en juego y nadie está mirando.

No siempre la supero. Algunas noches gana el pedido a domicilio, otras noches ganan las dos cervezas, y he dejado de fingir que una buena semana cocinando significa que ya lo tengo controlado. Lo que sí he notado es que la sensación de libertad y el hecho de ser libre no son lo mismo, y ni siquiera están correlacionados en la dirección que esperaría. El momento en que me siento más libre casi nunca es cuando me salto la norma. Es el instante justo antes, ese en el que durante unos dos segundos todavía podría ir en cualquiera de las dos direcciones, y soy yo quien decide cuál.

Es una definición de libertad mucho más pequeña que la del anuncio del gimnasio o la web del retiro. No viene con vistas al mar. Viene con una nevera, un móvil y, la mayoría de los días, una ventana de dos segundos, y lo que sea que te domine en esa ventana es lo que de verdad eres, digas luego lo que digas.

 

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