He pasado mucho tiempo leyendo sobre la ecuanimidad, la paciencia y cómo mantener la cabeza fría bajo presión. Al final resultó que casi todo eso era igual de importante que lo que había comido ese día, lo bien que había dormido y si había movido el cuerpo o no.
El patrón es vergonzosamente sencillo en cuanto dejo de ignorarlo. Los días que como ligero —verdura, proteína, nada que se quede en el estómago como cemento— y hago algo de ejercicio, soy una versión más tranquila y más paciente de mí mismo. Las contrariedades pequeñas se quedan pequeñas. Tengo margen para pensar antes de reaccionar. Una sensación de contento interior se instala en mí como base durante todo el día. La montaña rusa emocional habitual se atenúa.
Los días que me despierto cansado, como mal y de más y no me muevo, ese margen desaparece. Las mismas pequeñas contrariedades pegan más fuerte. Estoy más cortante con la gente. Mi manera de pensar se vuelve más estrecha y más reactiva, como si trabajase con menos capacidad de procesamiento y peor criterio al mismo tiempo. Ninguna circunstancia cambia entre estas dos versiones de mí. Lo único que cambia es el cuerpo.
La filosofía funciona mejor si el cuerpo también coopera
He leído suficiente estoicismo como para tener opiniones al respecto: la idea de que lo único que controlo es mi juicio, mi respuesta, esos pocos segundos que me tomo antes de actuar, y de que el trabajo consiste en entrenar directamente esa facultad. Sigo pensando que eso es cierto. Pero lo estaba tratando como si fuera todo el mecanismo, como si la calma y el pensamiento racional fueran puramente una disciplina de atención, algo que podía mejorar a base de practicar el simple gesto de darme cuenta y elegir.
Lo que estoy notando ahora es que buena parte de esa facultad es física antes que filosófica. Un cuerpo aletargado e inflamado por exceso de comida y ausencia de movimiento no le da mucho con lo que trabajar a mi juicio. Puedo intentar observar mi enfado con calma, pero hago esa observación con un cerebro que ya va acelerado por razones que no tienen nada que ver con la sabiduría y sí con la digestión y el azúcar en sangre. El trabajo mental es real. Simplemente no es lo primero. El cuerpo vota antes que la mente, y la mayoría de los días es su voto el que decide. Los estoicos ya lo sabían, por eso hablaban tanto de la moderación.
Es un poco decepcionante admitir esto después de haber dedicado tiempo de verdad a intentar poner en práctica la filosofía estoica y practicar mindfulness para alcanzar un temperamento más tranquilo. Parte de lo que yo tomaba por progreso filosófico no era más que la semana en la que había descansado y comido bien.
El cuerpo vota antes que la mente, y la mayoría de los días es su voto el que decide.
Esto no es una disciplina que domine
Aquí quiero ir con cuidado, porque el siguiente paso fácil sería convertir esto en una rutina que recomendar —come así, entrena de esta otra forma, siéntete en calma para siempre—. No es eso lo que ocurre. Atravieso rachas en las que como mal y paso demasiado tiempo sentado, como cualquiera, y cuando eso ocurre, noto que vuelve la mecha corta exactamente como la he descrito, y sé perfectamente por qué, y aun así no siempre lo arreglo ese mismo día. Conocer el mecanismo no me vuelve inmune a él. Lo único que significa es que ya no puedo fingir que la irritabilidad tiene que ver con aquello que me irrita.
También existe una versión de todo esto que degenera en su propia forma de ansiedad: tratar el cuerpo como una máquina que hay que optimizar, controlando cada variable para que el resultado quede perfectamente regulado —contar calorías, medir la calidad del sueño hasta el último porcentaje—. Eso no es calma, es solo un tipo de control más agotador. Tampoco me interesa esa vía. La cuestión no es diseñar un estado de ánimo permanentemente estable. Es dejar de sorprenderme cuando se me acaba la paciencia justo los días en que se me ha ido de las manos la comida y el ejercicio, y dejar de buscar la explicación en algún sitio más interesante que ese.
Con lo que me quedo es menos ordenado de lo que les gustaría tanto a los libros de filosofía como a los de fitness. La mente se puede entrenar, y merece la pena entrenarla. Pero se apoya en algo que primero hay que cuidar, y ninguna cantidad de lecturas sobre la ecuanimidad sustituye el simple hecho de lo que hice ese día con mi cuerpo.